Este fin de semana se vive una nueva peregrinación a Livilcar, rumbo al Santuario de la Virgen de Las Peñas, una de las expresiones más significativas de la religiosidad popular en la región. El recorrido, marcado por contrastes geográficos y simbólicos, atraviesa angostas quebradas, ríos y senderos donde conviven la naturaleza y los vestigios arqueológicos, recordando que el acto de caminar también es una forma de habitar y recordar el territorio.
La peregrinación no es solo un desplazamiento físico, sino una experiencia colectiva donde el esfuerzo, el silencio y el compartir fortalecen los lazos comunitarios. A lo largo de la ruta, la fe se expresa en cantos, promesas y gestos de solidaridad entre peregrinas y peregrinos, quienes avanzan reconociendo el paisaje como parte activa del rito. El territorio se transforma así en un espacio sagrado, cargado de memoria histórica y espiritual.
La llegada al santuario culmina en una fiesta viva de bailes religiosos, música y cultura, donde la devoción a la Virgen se manifiesta con el cuerpo y el sonido. Estas danzas, preparadas durante meses por cofradías y familias, no solo expresan fe, sino también continuidad cultural, transmisión intergeneracional y pertenencia a una tradición que se renueva cada año.
Desde una mirada antropológica, la peregrinación a Las Peñas articula múltiples dimensiones: religiosidad popular, paisaje cultural y memoria ancestral. Caminar por rutas con presencia arqueológica activa una relación profunda con el pasado, donde la fe contemporánea dialoga con antiguos modos de tránsito y ocupación del valle. En la región de Arica y Parinacota, estas prácticas refuerzan la comprensión del territorio como un espacio vivo, donde cultura, historia y espiritualidad se entrelazan

















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